Por Alejandro Pérez Utrera.

Me queda la sensación de que esta novela autobiográfica se comenzó a escribir hace por lo menos diez años desde una región de la zozobra colectiva, y lo terrible es que no sabemos hasta cuándo termine de escribirse…

Y ha sido Javier Sicilia quien, en su experiencia personal, tomó la alternativa de asumirla, de construirla y dejarnos ahí su propio testimonio en el tiempo y la circunstancia que lo marcaron.

Desde luego, eso lo han hecho otros familiares de víctimas de asesinatos y desapariciones ya sea en poemas, dibujos, relatos y testimonios, pinturas, carteles de protesta y foros públicos.

Pero este texto de Javier es un trabajo portentoso que conjunta la visión del activista social, la del hombre místico, la del periodista y la del poeta que, a raíz del brutal asesinato de su hijo Juan Francisco, declaró que ya no escribiría poesía, aun cuando su narrativa en esta obra muestra un sobrecogedor sustrato poético.

Interesante el ejercicio de Javier de ubicarse como protagonista en tercera persona y no en primera, recurso que, supongo, no sólo pudo darle una mejor perspectiva de sí mismo y de los hechos a su alrededor, sino que fungió como una vía urgente para su catarsis personal.

Ciertamente es una novela larga, de 525 páginas, pero breve si se atiende a las decenas de miles voces que habrían de tener cabida en ella en un coro angustioso que hablaría no sólo por las víctimas de la violencia sino por todos los mexicanos.

Aun así, esta obra habla en su esencia por todas las víctimas y sus familiares.

Por un lado, es el grito indignado ante la indolencia gubernamental en México, y por otro un rumor lejano que parece querer devolvernos la esperanza en las fuerzas sociales.

Caravana del MPJD en Morelia. Fotografía de Pepe Rivera

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La sola literatura de ficción dejaría de ser eficaz para describir tal estado de cosas plagadas de componentes factuales e históricos, a no ser que la literatura tenga un soporte testimonial o autobiográfico como en este caso.

Ceñir la importancia de esta obra a sus solas virtudes literarias, que son evidentes, sería perder de vista la trascendencia histórica y sociopolítica de la misma.

Es un texto en el que, además, el grito poético no deja de reverberar en todas las bóvedas de su construcción novelística.

Es asimismo un acierto histórico, y lo que asombra es que Javier haya podido engendrar una obra de tal magnitud en sus condiciones de agonía espiritual, aunque haberla escrito actuó como catalizador para que Javier saliera de la escafandra que tantas veces cita en su novela.

Es un libro polifónico: sin bien es la voz de quien grita, es la voz del ser humano que piensa, la voz del ensayista; es la voz del periodista, del narrador; es la voz del poeta que nunca deja de serlo a pesar de su silencio…

Javier se habla de tú con el periodismo, se habla de tú con la poesía, se habla de tú con la narrativa, se habla de tú con el poder. Así pues, ¿por qué no habría de hablarse de tú con un mandatario de la medianía de Felipe Calderón, como lo hace en uno de los capítulos centrales en El deshabitado?

¿Y quién es Sicilia en El deshabitado?

Sicilia es un hombre que llora, que no tiene prurito en desinhibirse en su propio dolor ni por confesar sus errores o reivindicar los aciertos de sus batallas y las del Movimiento por la Paz.

En esta obra Sicilia deja ver cómo un ser humano puede ver trastocada su fe ante el embate de las violencias delincuenciales y de Estado; cómo un hombre alcanza la devastación casi total a raíz de la pérdida de un hijo en circunstancias trágicas; cómo un hombre llega a quedarse deshabitado por tanta rabia, por tanta decepción y dolor.

Pero ahí donde pareciera que la locura estaba asegurada, a Javier lo irradió la luz como una explosión de lucidez, de amor y de coraje, como un impulso para la acción política.

Porque ciertamente se impone una pregunta: ¿Cómo logró Javier sobrevivir a este golpe inefable?

La respuesta se halla en una parte muy importante en su fe cristiana, en sus reflexiones teológicas y filosóficas, y al mismo tiempo en los dictados de su conciencia social, que es otro tipo de fe pero basada en las potencias de una sociedad para organizarse en torno de un alto plan común.

Si Javier pudo darle estructura a esta novela es porque pudo organizar de algún modo su dolor, reacomodar los pedazos de su alma, prodigarse la compasión que necesitaba para sí mismo, una compasión que no se asemeja en nada desde luego a la autoconmiseración… y aun si la hubiera sería más que comprensible.

Caravana del MPJD en Morelia. Fotografía de Pepe Rivera

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He aquí algunos momentos cruciales de la novela:

-El momento en que, estando en Filipinas, es avisado del asesinato de su hijo y de sus amigos.

-Su retorno a México a enfrentarse con la tragedia, con la locura.

-Las primeras protestas que encabezó en Cuernavaca en demanda del esclarecimiento del asesinato de su hijo Juanelo y sus amigos.

-La formación del Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad para hacer visibles a los familiares de las víctimas y exigir una ley de reparación y apoyo para ellos, así como acciones decididas por parte del Estado para frenar la contraproducente y torpe guerra contra el narcotráfico emprendida por Felipe Calderón y reeditada después por Enrique Peña Nieto.

-También, los encuentros y desencuentros en el seno del movimiento y sus consecuencias.

-El Pacto Nacional de Ciudad Juárez impulsado por el Movimiento.

-El duro encuentro de Sicilia con Felipe Calderón en Los Pinos.

-La estadía de Sicilia en la abadía de San Antoine en Francia para recuperar el alma.

-La caravana a Estados Unidos para llevar la voz de las víctimas y el reclamo de la suspensión de venta de armas a México.

-De igual manera, los episodios íntimos de Javier con sus compañeros de estadía en el Arca de Francia, los momentos difíciles con su familia y con su compañera Isolda Osorio –autora por cierto de las hermosas fotografías que ilustran este libro-, las colisiones emocionales con varios de sus seres queridos vaivenes, remolinos, trepidaciones, maremotos, heladas…

-El volumen de Javier da cuenta asimismo de los actos de amor del Movimiento para con los familiares de las víctimas, los sacrificios y valentía de quienes le dieron viabilidad organizativa y política; de sus choques con actores políticos, del trabajo sucio desde el Estado para denostar a Sicilia y hasta de la franca incomprensión de quienes, partidarios de una visión social de supuesta avanzada, no se tomaron la molestia de solidarizarse ya no digamos con él sino con el Movimiento por la Paz, como si ellos pudieran haber sido capaces de dar al menos el uno por ciento de lo que Javier y los integrantes del movimiento dieron para desenmascarar al Estado y hacer visible la tragedia de las víctimas de la violencia.

Una batalla que, por cierto, los mexicanos estamos llamados a librar hoy más que nunca.

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Como colofón, doy lectura a un correo que le envié a Javier Sicilia cuando me enteré de que El deshabitado acababa de salir de la imprenta:

“…Para mí, tu novela no sólo es la expresión más extraordinaria que un ser humano en circunstancias como las tuyas puede consagrarle a un hijo fallecido. Es un acto de amor para los familiares de víctimas que cargan el mismo dolor inacabable, y aun para quienes contemplamos aterrados este infierno injusto.

Con tu novela has levantado un memorial portentoso en honor de una patria vejada, humillada y devastada, un espejo para que los criminales que nos acechan se reconozcan en toda su irremediable miseria…”