Por Eliana García.

Hoy sigue siendo el tiempo del México dolido, el de la impotencia y la desesperación, el de la esperanza y la búsqueda, el país de las víctimas donde la paz es subversiva.

Así inicia el texto que tuve el privilegio de escribir en el libro “El Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad”, que se constituye en una crónica, como retrospectiva del primer gran movimiento de las víctimas en nuestro país.

Creo desde el corazón que toda acción a favor de la paz es un paso subversivo, ejercicio de nuestro derecho a la resistencia, a rebelarnos contra lo que lacera nuestra dignidad y que, desde hace ya muchos años, incluso sin saberlo, hemos estado construyendo para la paz.

El 29 de marzo de 2011 hubo una nota que anunciaba, como todos los días desde hace ya casi diez años, un asesinato más en el estado de Morelos: el de siete personas. Sin embargo un nombre saltó a la vista para la opinión pública, entre estos jóvenes estaba Juan Francisco Sicilia Ortega, Juanelo, hijo del poeta ganador del Premio Nacional de Poesía Aguascalientes 2009, Javier Sicilia.

De pronto una noticia que presagiaba la continuidad de la paulatina trivialización de la violencia rompió el ciclo de la invisibilidad. No era una víctima anónima para el sistema, y de inmediato, las y los amigos de luchas pasadas y presentes convocaron a una protesta que inició un incipiente movimiento para reclamar justicia por esas muertes, y se lanzó la propuesta de una caravana hacia la ciudad de México que arribó el 8 de mayo de 2011 y planteó seis puntos por la paz.

El jueves 23 de junio de 2011 será recordado como el día que la sociedad civil de segunda tomó por asalto el Castillo de Chapultepec. No hay en esta definición un sentido peyorativo, sólo la descripción de un fenómeno de esta realidad, tan políticamente incorrecta, que no dejamos de vivir ahora con niveles de barbarie que nos están regresando a la incivilidad, al estado salvaje de las cosas y de las relaciones humanas.

Caravana del MPJD en Torreón. Fotografía de Pepe Rivera

Siempre hemos sabido que la desigualdad estructural reconoce a la sociedad civil de primera clase y a la sociedad civil de segunda; por lo tanto, las víctimas de las violencias criminal, institucional y política, también son de primera y de segunda.

La sociedad civil de primera y sus víctimas se caracterizan por tener una posición económica y/o social favorecida, en su mayoría empresarios. Al perder a un ser querido, los personajes de los círculos de poder los atienden sin reparos, diligentemente, participan en sus foros, conviven con ellos y comen pasteles rojos de corazón.

La sociedad civil de segunda y sus víctimas son quienes no tienen una posición económica ni social favorecida: campesinos, indígenas, estudiantes, clase media o absolutamente pobre; cada vez son más periodistas, trabajadores de salarios mínimos del campo y de la ciudad, personas torturadas, desplazadas, asesinadas, desaparecidas. Al perder a un ser querido, siguen siendo rechazados o indiferenciados por la clase política, han sido “daños colaterales” sin identidad. Conforman el sector de los presuntos culpables.

Los familiares de las víctimas de la sociedad civil de primera son los gestores sociales de esos círculos del poder; los familiares de las víctimas de la sociedad civil de segunda se convierten en mártires o son criminalizados por los círculos del poder. A los primeros se les otorgan premios a pesar de que defienden las más ajenas causas a los derechos humanos como son la pena de muerte y la tortura; a los segundos se les criminaliza, se ataca a sus defensores, se lanza una campaña mediática sucia como hace actualmente el gobierno de Morelos en contra de Javier.

Los casos de las víctimas de los primeros, generalmente se resuelven porque las autoridades de seguridad les echan montón; los casos de las víctimas de los segundos siguen impunes porque las autoridades de seguridad los echan al montón. Los primeros son pocos, los segundos son miles, por lo que la impunidad se multiplica al infinito.

Todos sufren, todos son dolientes, todos son víctimas. La realidad los iguala en el dolor pero este defectuoso, imperfecto y fallido sistema de justicia que representa cual espejo al inservible sistema político, los vuelve a diferenciar.

Por eso fue tan importante que las víctimas de la sociedad civil de segunda clase salieran a la calle a romper el silencio, con la exquisitez y delicadeza de la poesía, la fuerza del dolor y el poder del consuelo, y organizaran un movimiento como la legítima representación de los familiares de las víctimas de las violencias, y de eso precisamente se trata este libro sobre el MPJD.

El camino de las víctimas, desde la historia de represión en los 60 hasta el Movimiento, ha sido un largo y sinuoso camino: primero el dolor que de tanto doler duele, después la soledad de los sin voz, luego el coraje de juntarse en el silencio y conciliar en su tristeza un reclamo común lleno de matices: basta de la guerra, queremos justicia, basta de engaños y mentiras, de indiferencia y humillaciones; que ya no había Estado de derecho, sino el derecho del Estado y que ya no existía imperio de la ley, sino la ley del Imperio

El movimiento convertido en caravana tomó los senderos y las brechas para oír y mezclar entre sus pasos, los testimonios y las narraciones personales; encontrarse con los desaparecidos, desplazados y ejecutados en esta guerra absurda que no cesa sino que suma más y más desgracias personales y proyectos de vida deshechos.

El Movimiento, nutrido por la sociedad civil de segunda, se convirtió en los diálogos, en la lucha por una legislación victimal ahora en proceso de reforma regresiva, en el gran consuelo de quienes cuentan las historias de la crueldad criminal y la crueldad gubernamental.

Han pasado cinco años desde que las víctimas empezaran a cuestionar la estrategia de militarización de la seguridad pública, la opción punitiva para resolver problemas sociales y estructurales que rebasan el crecimiento expansivo de la violencia de los grupos criminales, su capacidad corruptora y su poder de fuego.

El peligro de los diálogos del Castillo era precisamente dialogar con los sordos que han aprendido a apropiarse de los reclamos sociales, a enajenarlos como lo han hecho con la ley de víctimas y la estructura de atención hasta dejarlos inservibles; que los servidores públicos siguieran cometiendo delitos y se preservara la impunidad; que no asumieran su responsabilidad por la corrupción y mantuvieran la protección a la delincuencia organizada y a ellos mismos porque cada vez se borra más la línea entre unos y otros. A cinco años del surgimiento del MPJD, todos estos interlocutores de los círculos del poder han demostrado que no tienen calidad moral porque siguen con la estrategia de la sangre y la muerte.

¿Se conjuró el peligro? No, aún no.

Nuevas atrocidades se han develado y ocurrido: Allende, Tlatlaya, Iguala/Ayotzinapa, Tanhuato, Ciudad Cuauhtémoc, campos de exterminio y, como ya se dijo, el países sido convertido en un gran cementerio clandestino; se suman víctimas, desplazados, más y más personas desaparecidas, más y más torturados, la violencia no cesa, crece y crece.

Pero algo se ha ganado, la organización de las víctimas y las familias ha adquirido presencia nacional e internacional, sus reclamos siguen sin llegar a los oídos sordos, pero se escuchan más allá las fronteras. Y por ahora y siempre, la lucha por la paz, con justicia y dignidad, es la acción más subversiva para transformar nuestro adolorido México.