En el marco del Día Internacional de la eliminación de la violencia contra las mujeres

Los dos artículos que a continuación se muestran y cuyo título original se conserva íntegro, fueron presentados el pasado 15 de noviembre en el Salón Presidentes del Museo de la Ciudad de Cuernavaca, Morelos en el Foro “Mujeres indígenas compartiendo saberes y tejiendo alianzas”. Dicho foro fue precedido por una caminata hacia una vida libre de violencia en niñas y mujeres.

    En el foro donde participaron diversas feministas, hubo además un panel titulado “Las voces de las mujeres indígenas: agenda política” y otro más con el nombre “Ecos sobre las voces de las mujeres indígenas”.

El andar de las Mujeres Indígenas en la esfera Internacional, América Latina y México

Georgina Méndez Torres*

Diversos estudios han abordado la presencia de las mujeres indígenas en los procesos de lucha de nuestros pueblos y dentro de las filas de muchas organizaciones, sin embargo, es hasta años muy recientes cuando se habla de un movimiento social indígena con rostro femenino y con demandas específicas.

En la esfera internacional podemos ubicar la IV Conferencia Mundial sobre Mujeres de las Naciones Unidas, celebrada en Beijing en 1995, como una de las primeras instancias en donde las mujeres indígenas tuvieron un espacio para reunirse.

Desde la aprobación de la Plataforma de Acción de Beijing, se han dado avances significativos en el reconocimiento de los derechos humanos de las mujeres y de la necesidad de poner un alto a la violencia y a la subordinación en que viven.

Tarcila Rivera, Lucy Mulenkei, Lea MacKenzie y Bernice See fundaron el Foro Internacional de Mujeres Indígenas (FIMI) en el contexto de la primera reunión de Enlace Continental de Mujeres Indígenas que se realizó en Lima, Perú, en 1999, cuyo Comité Directivo fue el encargado de organizar el Primer Foro de Mujeres Indígenas.

Beijing constituyó una punta de lanza para crear el Enlace Continental de Mujeres, que fue consolidando la formación de un grupo de mujeres líderes con representación y alcance del ámbito internacional al local y del local al internacional.

El FIMI se convirtió en una red con el propósito de consolidar las organizaciones de mujeres indígenas, aumentar su participación y visibilidad en el ámbito internacional y construir capacidades.

Además de la importancia que por sí sola tiene la creación de este foro independiente, la voz de algunas mujeres indígenas se hizo escuchar en el interior de la ONU: en las reuniones de trabajo de la Subcomisión de Prevención de la Discriminación y Protección de Minorías y en la sesiones del Grupo de Trabajo sobre Pueblos Indígenas (GTPI).

Éstos son únicamente algunos espacios internacionales en donde las mujeres indígenas han logrado legitimar sus demandas, siempre en el marco de los derechos humanos de sus pueblos.

Los espacios creados por y para las mujeres en América Latina, fueron constituyéndose de manera constante después de la reunión planeada en 1995 en Beijing, y darían paso a una rica trayectoria de encuentros convocados por el recién creado Enlace de las Mujeres de América Latina.

La iniciativa de reunirse para intercambiar experiencias y proponer un proyecto político y acciones de apoyo mutuo entre mujeres indígenas de América del Norte, Central y del Sur, nació en 1993.

En junio de 1996 se llevó a cabo el Taller Continental de Mujeres Indígenas en Guatemala, en el cual se reafirmó la necesidad de seguir caminando juntas, buscar mejores formas de comunicación e incidir en las distintas iniciativas para mujeres indígenas.

Caravana del MPJD en Ciudad Juárez. Fotografía de Pepe Rivera

Como parte de su proceso organizativo y de lucha, las líderes indígenas reunidas en el Enlace Continental se dieron a la tarea de promover, desde 1995, una serie de encuentros continentales, en donde, además de estrechar lazos de solidaridad y consolidar sus liderazgos, que les permitieran tener mejores “armas” para participar en los foros internacionales, se enfocaron al fortalecimiento de sus respectivos procesos organizativos nacionales.

En este rubro de convergencias de carácter latinoamericano se han realizado otras reuniones que también han sido relevantes en la constitución de las mujeres como actoras políticas en el escenario continental: las denominadas Cumbres. La Primera Cumbre de Mujeres Indígenas de las Américas se llevó a cabo en México, en el estado de Oaxaca, en diciembre de 2002.

La presencia política de las mujeres indígenas mexicanas se hizo evidente con gran amplitud después del levantamiento del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), que tuvo lugar el 1° de enero de 1994 en el estado de Chiapas, en cuyo proceso las mujeres han sido una parte protagónica y cardinal.

En este escenario, diversas organizaciones indígenas acordaron lanzar la convocatoria para la Convención Nacional Indígena, cuyos trabajos iniciaron en diciembre de 1994. En la convocatoria se incluyó un punto de trabajo referente a “La participación de las mujeres en el proceso de autonomía”. Asistió un considerable número de mujeres que discutieron sobre su intervención en la lucha indígena y acciones de apoyo al EZLN. Otro de los encuentros que fortaleció el trabajo y la toma de conciencia como mujeres indígenas fue la Convención Nacional de Mujeres Indígenas, celebrada a principios de 1995.

Como parte de la formación política de las mujeres indígenas, en los años siguientes proliferaron los encuentros, los foros de discusión y de capacitación sobre las propuestas de autonomía, derechos humanos, legislación internacional sobre derechos de los pueblos indígenas , derechos de mujeres y de minorías. Si bien estos fueron procesos organizativos novedosos y muy trascendentes, se ha documentado que por lo menos en Chiapas ya existían vastos esfuerzos organizativos de las mujeres previos al levantamiento zapatista, que se multiplicaron después de 1994.

Uno de los debates introducidos por las mujeres en las asambleas de la Asamblea Nacional Indígena Plural por la Autonomía ANIPA fue ubicar su lucha en un contexto más amplio: como mujeres y como mujeres indígenas.

En este andar, las mujeres de ANIPA primero lograron crear la Comisión de Mujeres de ANIPA y después participaron como promotoras de la instauración de la Coordinadora Nacional de Mujeres Indígenas (CONAMI) en 1997.

Fue así que la voz de las mujeres se hizo escuchar dentro de la ANIPA, y se reconoció que algunas de ellas tenían una importante experiencia política construida en los diversos foros de mujeres a los que han asistido en representación de sus organizaciones. Con su insistencia, capacidad y apoyo, dieron un gran impulso para que otras mujeres se fueran incorporando a organizaciones de mujeres y se sumaran a las demandas de género.

Otra de las organizaciones fundadas al calor de la rebelión zapatista fue el Congreso Nacional Indígena, creado a finales de 1996 en la Ciudad de México, el cual fue el principal interlocutor del EZLN con el movimiento indígena nacional y se constituyó como el mayor espacio organizativo indígena nacional del siglo XX.

Podemos afirmar que las mujeres del CNI enfrentaron grandes retos en el interior de su organización, que ha enfatizado ser un espacio en donde se discuten los derechos indígenas de manera integral, es decir tanto para hombres como para mujeres, por lo que se encontraban pocos fundamentos para hacer una separación o abrir espacios específicos para ellas.

Sin duda, un momento determinante para el CNI y sus mujeres fue la realización del III Congreso del CNI celebrado en la comunidad de Nurío, Michoacán en marzo de 2001. Este fue un congreso multitudinario pues se dio en el marco de la marcha zapatista “Por la dignidad indígena”, encabezada por el subcomandante Marcos y el Comité Clandestino Revolucionario Indígena–Comandancia General (CCRI–CG) del EZLN, que partió el 24 de febrero de Chiapas y, después de recorrer buena parte del país, concluyó el 28 de marzo en la Cámara de Diputados. El Congreso se encontraba en esos momentos debatiendo la aprobación de la nueva ley indígena. De las cuatro mesas de discusión que se instalaron en Nurío, una estuvo dedicada a la cuestión de las mujeres, asistieron cerca de 500 personas, entre delegadas y delegados, estuvieron las comandantas zapatistas Esther, Yolanda, Bulmara y Simona; la dirigente indígena de Ecuador, Blanca Chancoso; una delegación de diputados conformada por Pablo Medina, de Venezuela, Raúl Campanella, de Uruguay, el coronel Lucio Gutiérrez, de Ecuador y la diputada Raquel Cortés López. Hubo alrededor de 200 participaciones, en su mayoría de mujeres indígenas.

El proceso iniciado con la salida de Chiapas de la marcha zapatista el 24 de febrero de 2001 concluyó con la presencia de los zapatistas en la tribuna del Palacio Legislativo de San Lázaro, en donde dos mujeres explicaron a los legisladores sus demandas y la importancia de retomar la propuesta de la Cocopa, pues reflejaba los acuerdos tomados en los diálogos de San Andrés para aprobar una nueva ley indígena y para dar cumplimiento a lo pactado en San Andrés Larráinzar en febrero de 1996. La comandanta Esther, quien abrió la intervención de los zapatistas en la máxima tribuna del país, y María de Jesús Patricio, quien habló en representación del CNI.

Se llevó a cabo el Encuentro Nacional de Mujeres, en Oaxaca en agosto de 1997; entre las organizaciones más notables estuvieron el CNI, la ANIPA, K’inal Antzetik, Nación Purépecha y la Unión de Comunidades Indígenas de la Zona Norte del Istmo (Ucizoni). Se reunieron representantes de 118 organizaciones de 19 pueblos indígenas, procedentes de 11 estados de la república. Fueron 560 mujeres, incluidas las provenientes de las bases de apoyo del EZLN y la comandanta Ramona, quien en su discurso señaló la urgencia de superar divisiones, organizarse y enlazarse en la lucha por sus pueblos y sus derechos de mujeres:

Dijo “Venimos de varios pueblos indígenas pobres. Luchemos juntos los que queremos. Porque si hay muchas divisiones no se puede. Hay que unir más… Las mujeres no tienen valor de hablar, para organizar, para trabajar. Pero sí podemos las mujeres trabajar con mucho cariño con los pueblos. Les da miedo nuestra rebeldía. Por eso en el EZLN nos organizamos para aprobar la Ley Revolucionaria de las Mujeres. El zapatismo no sería lo mismo sin sus mujeres rebeldes y nuevas. Las mujeres indias también hemos levantado nuestra voz y decimos: Nunca más un México sin nosotras. Nunca más una rebelión sin nosotras”.

Caravana del MPJD en Ciudad Juárez. Fotografía de Pepe Rivera

Con este encuentro se iniciaron formalmente los trabajos de la CONAMI. Tiene como antecedente la diversidad de expresiones organizativas de mujeres existentes en el país. Fue instituida para poder enlazar a las representantes de las principales organizaciones de México y emprender una lucha conjunta por el reconocimiento de la autonomía de los pueblos indígenas.

Como Mujeres Indígenas Lideres Comunitarias (MILC) llevamos trabajando desde 2004, el grupo está integrado por mujeres indígenas y urbanas que han hecho una reflexión sobre su identidad y sus raíces ancestrales, todas las integrantes de MILC somos promotoras culturales y de los derechos de las mujeres, en nuestras comunidades o bien en los espacios donde nos movemos laboralmente (en el caso de las compañeras urbanas). Algunas somos profesionistas, psicólogas sobre todo, abogadas, docentes y otras más son médicas tradicionales y mujeres que participan en la vida comunitaria como mayordomas, del comité de agua, danzantes, artesanas.

Somos un grupo de 30 mujeres de las comunidades y urbanas, la mayoría indígenas, y de diferentes generaciones. Estamos coordinadas por comunidades, de manera tal que el grupo más grande es de Tepoztlán, pues ahí radica la coordinadora de MILC que es Fabiola Del Jurado Mendoza y es donde se ha hecho un gran equipo de trabajo que coordina con los otros grupos de otros municipios.

Todo el trabajo que realizamos es voluntario, cada una de nosotras tenemos trabajos independientes al trabajo con mujeres del cual recibimos un salario, MILC no tiene fondos, en ocasiones realizamos actividades de venta para tener recursos para las tareas, así mismo las mujeres de las comunidades aportan, en ocasiones alimentos o bien gestionan para la movilidad.

El trabajo parte siempre de nuestra comunidad, ahí iniciamos y luego nos sumamos a coordinarnos con los otros grupos de Mujeres de las comunidades.

Para cerrar quiero compartir con ustedes algunas frases de algunas de nuestras mujeres líderes indígenas.

Blanca Chancoso:

“Cuando las mujeres indígenas iniciamos el proceso organizativo no fue porque era la moda, sino que nos sentamos a analizar nuestra situación real como mujeres, como comunidad y como pueblo indígena.”

Martha Sánchez

Cuando comenzamos a organizamos no teníamos rostro propio, porque siempre se fundía en la lucha de nuestros pueblos y hermanos, nuestras voces apenas se escuchaban, eran como un susurro, pero hoy nuestras voces empiezan a ser fuertes y vemos que la organización ha servido para madurar y caminar y tener el espacio que hoy mantenemos.

Otro de los desafíos que tenemos como mujeres indígenas es tener una continuidad en el desarrollo de la capacidad de liderazgo y no participar a título individual sino a través de procesos organizativos más amplios.

Georgina Méndez Torres

“…queremos abrir un camino nuevo para pensar la costumbre desde otra mirada, que no sea violatoria de nuestros derechos, que nos dignifique y respete a las mujeres indígenas; queremos cambiar las costumbres cuando afecten nuestra dignidad”

Tarcila Rivera

Las formas de organización y participación de las mujeres indígenas han ido evolucionando con el tiempo de acuerdo a la exigencia de las circunstancias en cada país. No podemos olvidar que frente a la violación de los derechos humanos indígenas en regímenes dictatoriales fueron las mujeres mayas de Guatemala quienes se organizaron inmediatamente para denunciar al mundo los abusos con el pueblo. Así también las mujeres quechuas del Perú empezaron a denunciar la desaparición de sus familiares en épocas de violencia en Los Andes, teniendo también a las indígenas migrantes que se encuentran en los barrios populares las que inician las organizaciones de barrios y luego dan vida a organizaciones de sobrevivencia como son los comedores populares, haciendo frente a la pobreza extrema, ocasionada por la falta de atención del Estado y el desempleo reinante.

Las mujeres indígenas nunca tuvimos un rol pasivo, ni de lamento a nuestra condición de mujer. Muy al contrario, respondimos con energía y sabiduría a los retos que pusieron las circunstancias donde tuvimos que superar los obstáculos como indígenas, mujeres y pobres.


Bibliografía
Laura R. Valladares de la Cruz Profesora–investigadora del Departamento de Antropología de la Universidad Autónoma Metropolitana.
*Georgina Méndez Torres, es indígena Chol, Antropóloga de la Universidad Autónoma de Chiapas, México y candidata a Magíster en Ciencias Sociales de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO), sede Ecuador.

El andar de las Mujeres en Nuestra América

Violeta Pacheco*

La historia de las mujeres en la lucha por transformar las condiciones de desigualdad tiene una textura polifónica; es decir donde hablan varias voces a la vez, pero que tienen una base común: cuestionar las estructuras sociales (económicas, políticas, ambientales, culturales, etc.) vigentes y poner en entre dicho la reproducción del sistema patriarcal que nos oprime cada día con mayor fuerza.

En esta historia de las mujeres, las académicas de género han trazado una línea del tiempo en momentos sociohistóricos a las que llaman “olas del feminismo”, que aunque pueden variar, en general podemos hablar de tres grandes olas del feminismo. La primera es de origen europeo en la época de la ilustración, en el siglo XVII que reivindicaba la ciudadanía de las mujeres y la abolición de la esclavitud. Aunque otras autoras reconocen como primera ola, el feminismo liberal sufragista cuya demanda principal es el derecho al voto de las mujeres en el siglo XIX hasta la década de los cincuenta del siglo XX, pero también el derecho a la educación de la mujer.

Caravana del MPJD en Durango. Fotografía de Pepe Rivera

La segunda ola feminista se sitúa en Estados Unidos por allá de los sesentas y hasta los noventas, cuyas demandas eran mayor participación de las mujeres en los espacios de lo público, rompiendo con los roles tradicionales del hogar, con críticas a la exigencia de la maternidad como lugar de la realización de la mujer; es una ola centrada en la sexualidad de la mujer y en sus derechos tanto reproductivos como sexuales.

La tercera ola, es de este nuevo siglo y se da debido a la irrupción de otras actoras sociales, de otros senderos de lucha. Nace de las críticas a las olas anteriores y de voces que no se hallaban legitimadas y que salen a la luz; voces discordantes que surgen de cuerpos de afrodescendientes, de mujeres que aman a otras mujeres, de latinas, chicanas, musulmanas, orientales, indígenas. Voces que hacen visible la diversidad entre las mujeres, sus opresiones y resistencias particulares. Esto nos permite que ahora no hablemos en singular de feminismo, ahora usamos el plural Feminismos para hablar de esa variedad de enfoques y luchas.

Esta breve historia, nos permite saber que el movimiento de mujeres tiene ancestras y que a pesar de que las académicas nos dicen que tiene sus raíces en otro continente, en este continente o en esta Nuestra América –como le  llamaba el cubano José Martí–, existen las propias ancestras que en cada pueblo y en cada una de sus luchas han venido construyendo y tejiendo puentes, algunos hacia la equidad. En esta historia, las mujeres hemos aprendido –y no siempre gracias a la academia– que vivimos en condiciones de opresión; hemos hecho conciencia de la política patriarcal, racial y de clase a partir de nuestra experiencia vivida y así hemos creado estrategias de resistencia –organizada y no organizada-.

En esta Nuestra América, en los espacios académicos mucho se habla de las olas del feminismo europeo, blanco, estadounidense y/o urbano y poco se habla o se conoce siquiera de la lucha de las mujeres que viven en los pueblos y comunidades indígenas, de sus feminismos y es así que estas mujeres y sus resistencias aparezcan excluidas al no nombrarlas.

Como poco se conoce, es importante saber desde dónde y hacia dónde van sus feminismos. Para esto, quiero señalar algunos puntos que podrían –o no– interesarle al feminismo indígena/popular/rural/comunitario:

El término de lo popular, no es lo mismo en México y América Latina que para los estadounidenses y europeos. Aquí es un término que hace referencia al pueblo. Un pueblo es esa colectividad diferente a las individualidades que trae consigo el capital. El pueblo está más ligado a la relación con la naturaleza; su vida productiva corresponde a actividades más relacionadas al sector primario.

Los usos y costumbres que varían de pueblo en pueblo, son una clave política muy importante. Ya que, por ejemplo, en algunos pueblos morelenses, para poder ser ayudante municipal tienes que haber pertenecido a las rondas comunitarias, y para ser parte de las rondas comunitarias tienes que ser hombre. En otras palabras, las mujeres no participan en las rondas comunitarias, por tanto tampoco podrán participar políticamente en el cargo popular de la ayudantía municipal. Esta negación en la participación de la vida política en sus pueblos, ancla a las mujeres hacia el cuidado del hogar, de las hijas e hijos; continúan mayormente atadas al espacio privado (doméstico).

En México, la mayoría de la población ya no radica en zonas rurales si no en las urbanas y a veces parece que el feminismo de las mujeres de ciudad que busca la igualdad en los salarios, guarderías, incapacidad laboral por embarazo y lactancia, no pruebas de embarazo en los centros de trabajo, etcétera, son demandas que pueden aparecer por encima de las luchas particulares que hay en zonas rurales, donde las mujeres que trabajan en el hogar, en la crianza de animales domésticos y en el cuidado de las hijas e hijos no son consideradas como trabajo y el acceso al trabajo político e intelectual es un privilegio que no siempre aparece.

La lengua, el lenguaje y el habla “oficial” es el español, incluso en escuelas y hospitales que se encuentran en áreas indígenas, lo cual niega a muchas mujeres indígenas el acceso a estos derechos. Al mismo tiempo, este sentido oficialista, refleja una imposición cultural que puede traducirse en la imposibilidad de creación de mundos para las mujeres desde la propia cultura que se nos da a partir del lenguaje que llamamos “materno”.

Con estos cuatro puntos, pienso en la importancia desde las mujeres por abonar a poder superar las contradicciones que existen entre campo y ciudad, entre trabajo manual/físico e intelectual y entre la división sexual del trabajo. En específico, en algunas de las luchas de mujeres indígenas no se niega que la familia es una fuente de opresión; se analiza también cómo las familias indígenas completas han funcionado como forma de resistencia a la dominación. Se reconoce que desde el período de colonización y hasta en el Estado actual, las mujeres indígenas han sido el campo de resistencia política y cultural, y así habríamos de considerar a las indígenas y sus familias como una potencilidad de resistencia a la neocolonización que hoy estamos viviendo por el imperialismo norteamericano.

Si bien la historia de las mujeres indígenas está entretejida con la de las mujeres no indígenas, lo cual significa que no son la misma historia, por tanto es muy poco esperanzador que sean las mujeres no indígenas quienes escriban desde su cosmovisión la historia de las indígenas. Corresponde a las mujeres indígenas escribir y convidarnos su propia historia. No hablo sólo de escribirla con pluma y en papel, hablo de escribirla también como sujetos de resistencia que lleva más de 500 años, como sujetos históricos en la transformación de sus pueblos y comunidades, como sujetos éticos que pueden ser un referente para el resto de clases nacionales –las demás mujeres, jóvenes, campesinado, negritudes, obreras y obreros, etcétera– que hay en cada rincón del país.

Caravana del MPJD en Houston. Fotografía de Pepe Rivera

Una penúltima cosa es el equívoco de hablar de la identidad indígena y mencionarla como una sola, puesto que así como hay feminismos, hay identidades indígenas que son heterogéneas y es necesario que cada una trabaje desde su propia forma de habitar el mundo como mujeres atravesadas por la clase, raza o etnia y que desde ese ejercicio político sean parte de la constante construcción de proyectos populares y comunitarios.

Para finalizar, parto de reconocer la diferencia entre las mujeres indígenas y las no indígenas, la diferencia de sus resistencias, de sus feminismos, para reconocerlas primero y también porque veo esa separación propia del capital, en la que las mujeres somos un eslabón de la división social que nos aisla unas de otras, y que ante el presente momento de emergencia nacional no permite reconocernos para luchar desde nuestras diferencias y hacia Nuestra América. Vuelvo a usar este término de Nuestra América, porque en su construcción es imprescindible que estemos todas, que participemos políticamente en la vida de nuestros pueblos y comunidades, que entendamos que la liberación de las mujeres se va a acabar cuando podamos nombrarnos diferente y aún así pelear sin pelearnos entre nosotras.


*Violeta Pacheco es licenciada en Ciencias Políticas y Administración Pública por la Universidad Autónoma de Querétaro (UAQ), universidad en la que colaboró hasta 2015 en la unidad de Género en diversos proyectos con mujeres que habitan colonias periféricas de Querétaro. Este 2016 participó en Morelos en un proyecto de fomento a la lectura con perspectiva de género para mujeres privadas de la libertad. Actualmente trabaja en el Programa de Movimientos Ciudadanos de la Universidad Autónoma del Estado de Morelos (UAEM).