Por: Carla M. Lovera González y Laura Ballesteros

Todavía no comienza a apremiar el calor del mediodía cuando me encuentro frente a Alberto. En la silla ante él está un muchacho que le comparte una plática apacible, de esas que tienen sólo las personas que están unidas por algo más fuerte que toda una vida: su hijo. Se encuentra tan tranquilo que me cuesta entender que ese hombre de gesto amable es el mismo sobre el cual decenas de organizaciones e incontables personas nacionales y extranjeras vertieron sus esfuerzos y mensajes de esperanza por más de una década para lograr su libertad. Es una fortuna ser partícipe de su mensaje de solidaridad.

¿Me puedes decir de dónde vienes y cuál es tu trabajo?

Vengo de un lugar llamado El Bosque, un municipio en la sierra de Chiapas. Hoy me dedico a traducirle a enfermos indígenas en los hospitales y a los compañeros presos, también indígenas, que están en las cárceles.

¿Qué es para ti ser intérprete?

Es un trabajo en el cual siento que aprendo con las personas que acompaño.

¿Podrías contarme sobre el lugar donde creciste?

Vengo de una familia humilde, con muchas necesidades. La comunidad de El Bosque se dedica al cultivo del café, cuya producción como en muchos otros municipios, es acaparada por coyotes pues las autoridades dejaron el mercado del café en manos de terceras personas.

Desde que era niño percibí que como muchos de los productores, mis abuelos no habían tenido una formación escolar y eso se reflejaba en la manera en que los compradores, quiénes se quedaban con lo mucho o poco que podían ganar, los trataban.

Alberto habla de El Bosque como si se tratara de una historia atemporal, y pienso que tiene razón. Al menos 48% de la población en los 10 principales municipios productores de café en México vive en condiciones de pobreza o pobroza extrema y de inmediato viene a mi cabeza el último censo sobre corrupción, donde Chiapas se encuentra entre los diez estados del país con mayor índice de esta práctica.

También decidí aprender español porque en el pueblo de El Bosque casi el 100% de los habitantes son sólo hablantes de tzotzil; pues de las primeras tareas que hice en mi comunidad fue ver por las injusticias de los caciques al manipular los precios del café. Ya me sentía útil ayudando en la producción de mi familia, quienes estaban muy orgullosos que hubiera acabado la primaria, pero sabía que quedaban muchas cosas por hacer, desde ese momento tengo la intención de hacer algo por mi gente.

¿Qué sucedió después?

Decidí seguir estudiando a pesar de la difícil situación económica a la que mi familia se enfrentaba, con esfuerzo, llegué a la universidad. Mi familia me apoyaba en lo que podía. Esto es algo que le cuento siempre a mis hijos: en aquellos tiempos, en los cuadernos no quedaba ni una hoja sin escribirla, cuando me quedaba sin hojas recuerdo borrar lo que ya había escrito para poder seguir estudiando. Tampoco quedaba un lápiz. Todas las cosas que compré las valoré y las gasté dignamente.

Alberto mira de reojo a su compañero, con las manos cruzadas como dejando de guardarse para sí los detalles de su historia, deja ver la alegría de alguien que sabe de dónde viene y continua…

La situación que vivía mi familia no era única, todo el pueblo de El Bosque y los municipios aledaños sufrían problemas de educación, de salud, de no poder viajar porque al no hablar el español no podían comunicarse. Mi trabajo en el campo era necesario pero sentía y miraba la necesidad de mi comunidad, sabía que era útil para traducir el tzotzil al español, lo cual era una ganancia para muchas más personas.

¿Y ser profesor? ¿Cómo lo decidiste?

Me gustaba ayudar a otra gente y mi intención en ello fue aumentando. No en saber sino en aprender, vi la oportunidad de ser profesor así, como aprender ayudando.

¿Y ser activista?

Siendo yo profesor vi que muchos maestros eran comisionados a comunidades donde no hablaban su lengua, un problema grave pues no podían hablar ni entenderse para su trabajo. Pero cuando el alumno y el maestro comparten una lengua el aprendizaje es verdadero, pues la comunicación es fundamental para ello. En ese momento fue que yo entendí que ser maestro no es algo complicado sin embargo requiere que nos encontremos con nuestras lenguas de origen, ya sea el tzeltal, tzotzil o chol. Seguí trabajando así hasta que por fin fui a descansar a la cárcel.

Del 19 de junio del 2000 hasta el 31 de octubre 2013, día en que bajo indulto presidencial fue liberado, Alberto estuvo preso injustamente. Acusado del homicidio de siete policías estatales, de portación de armas de uso exclusivo del ejército y de asociación delictuosa, fue condenado a 60 años de prisión después de un proceso plagado de irregularidades y violaciones a sus derechos humanos.

¿Podrías contarme qué sucedió mientras estuviste preso?

Mis años preso fueron producto de un activismo que hice a partir de lo que vi y viví en mi comunidad. Llegué yo a levantar la voz, a escuchar y hablar diferente. Me refiero diferente del lenguaje político de doble sentido, que te dice sí y actúa como un no…

Contra eso fue que comenzamos a organizarnos para ayudar a la gente hasta cuando me topé con un presidente municipal prepotente, al que no le gustaban las verdades que yo decía. Porque una verdad puede ser una corrección para una persona que quiere aprender pero si no es así, es lo contrario.

Tras una observación del profesor sobre la corrupción de su gobierno y de las consecuencias que ésta tenía para la comunidad, Alberto junto con otros miembros de El Bosque en mayo de 2000 solicitaron la renuncia del entonces presidente municipal, Manuel Gómez Ruiz. Quince días después, una emboscada a una patrulla en la carretera cercana a Las Limas, que dejó siete policías muertos y dos personas lesionadas, una de ellas el hijo del presidente municipal, sirvió de pretexto para detenerle ilegalmente.

Lo que pasó, como yo lo vi es que cambiaron mi centro de trabajo de una escuela a una cárcel. Ya no se trataba de enseñar a niños sino a adultos. En la cárcel había muchas cosas que aprender, con nuestros compañeros indígenas y no indígenas, que no sabían leer ni escribir. Comenzó otra vez mi labor de revisar tareas y hacer documentos…

Siento en su voz algo pesado, se inclina un poco hacia el frente y se apoya en el borde de la mesa.

Es triste decirlo pero la cárcel es un negocio redondo, tanto para la autoridad como para los presos, porque los presos que saben leer les cobran a los que no lo saben hacer cuando necesitan entregar algún documento. Pero no es que los presos sean malos sino que son las mismas necesidades las que los llevan a cobrar por un oficio.

Me dirige una mirada, levanta una mano hacia el joven que lo acompaña y enseguida continúa.

Juan, mi compañero, estuvo preso conmigo, él fue de los que necesitaban hacer un documento, meter un documento en el CEFERESO. No recuerdo quienes sabían o no sabían leer pero yo les empecé a decir a todos –Vayan a la escuela, aprendan algo– y les comencé a enseñar a sumar o a restar, hasta que ellos iban solos a dejar sus oficios con el director de la prisión, y orgullosos ya no pagaban. Esa fue la tarea que me tocó en la cárcel, de defender a los presos.

¿Por qué es que le llamó a la cárcel un descanso?

Porque yo pensé que en la cárcel iba a tener un descanso total del trabajo que hacía en la comunidad. Pues no, salió lo contrario, había un muchos trabajos. Claro que había una gran diferencia porque afuera con los maestros mi trabajo incluía mucho papeleo y en la cárcel era puro activismo, aunque a veces no me sintiera como para hacerlo bien.

¿Como era un día tuyo en la cárcel?

A veces ni sabía el día que era, y el psicólogo me preguntaba –¿Patishtán no te sientes bien? ¿Cómo que no sabes qué día es?– y yo le decía que no era porque me sintiera mal, es que no tenía tiempo de ver el día por revisar todas las tareas. En la cárcel una hora es una eternidad para un interno nuevo. Hay una gran diferencia entre ellos y una persona que se ocupa todo el día.

¿Como fue la relación con tu familia durante esos años?

Fue buena, mis hijos estuvieron siempre aunque ya después de esos años la familia no tenía cómo moverse, tras seis años preso llegó el tiempo de separarme de mi esposa y sólo me quedé con mis hijos. A veces no podían llegar ellos pero llegaban las cartas, teníamos comunicación pero no tanta como hubiera querido.

¿Que te daba valor para seguir resistiendo por tu libertad?

No es la primera vez que me preguntan cuál fue mi valor para aguantar trece años y más en la cárcel. Yo mismo me lo preguntaba. Mientras estuve preso hacía mucho activismo, me escapé de varias muertes ahí en la cárcel, hice huelgas de hambre, me preguntaba cómo pasaba el tiempo. También sentía miedo.

Me refugié mucho en lo espiritual, en conocer a las personas que me iban a visitar y a darme su apoyo. Me daban esperanzas. Con los compañeros diario escribíamos, sacabamos cartas a otros lugares con los obispos, incluso le escribí una carta al Papa Francisco. Intercambiaba cartas con otros presos y esa fue una situación de la que nos nutrimos todos los compañeros, especialmente yo me sentía así.

En muchas ocasiones me pegó el carcelazo pero después de un rato también me sentía feliz dentro de la cárcel y me decían que era imposible ser feliz ahí, pero yo pensaba –La persona que llega a la cárcel va a vivir dos tipos de prisión: la de los muros y la de dentro de uno mismo–. Y al mismo tiempo sentía –Perdí mi trabajo, perdí todas mis cosas, perdí hasta mi esposa–. Tuve rencor, tuve resentimiento, todo tipo de cosas que no me dejaban vivir.

Pero reflexionaba: si tú no te liberas de eso negativo no vas a poder ver otras cosas, de eso que solo tú con la ayuda de Dios puedes, hasta te vas a enfermar, te llenas de tristezas y no vas a hacer nada. Sólo vas a estar pensando en tu libertad, en lo que pasa afuera.

Ya comienzo a entender lo que decían tantas personas de Alberto, de su fuerza creativa y reflexiva, de su resistencia y de la esperanza que transmite su voz. Me siento una persona afortunada al escucharle.

Lo que hice yo fue librarme primero de mí mismo, quitarme ese rencor. Cuando lo hice vi que había mucho trabajo y me llené de nuevas expectativas. Vi que esas paredes que me tenían rodeado ya no eran tan difíciles, vinieron otras luces a mi mente y comencé a tejer éstas nuevas redes con otros presos aquí y en otros lugares.

Me gustaría saber ¿A qué te refieres con carcelazo?

Es la impotencia, la depresión. El carcelazo a mí me pegaba con las malas noticias. Si me visitaban y me decían –Tu hijo está enfermo– o –Tu hijo anda en el vicio–, en esos momentos sólo pensaba –¿Cuando voy a salir?–. No era el único, pero lo que hacíamos los amigos era compartir esas historias, para desahogarnos un poquito y asi al rato se pasaba el carcelazo.

Alberto habla con sorpresa de sí mismo, alegre de entender con el corazón lo grandes que son y lo lejos que pueden llegar las redes de solidaridad.

¿Qué te imaginabas por delante?

Muchas personas dicen y es verdad, que los presos al salir sólo se imaginan en hacerle pagar a quién los metió aquí. Pero yo me sostuve en Dios y no se equivoca el Gran Maestro en decir que sólo la verdad nos hará libres porque si dices la verdad eso te va a a hacer sentir tranquilo y libre. A pesar de mi sentencia de 60 años, tenía mi conciencia libre. Pensaba en que no importaba en donde fuera, iba a seguir acompañando a los compañeros presos y a quienes me encontrara en el camino.

¿Cómo describirías el proceso que dices de encontrar la clave, sobre tu labor y lo espiritual?

Es algo que te hace diferente, cuando tú te sientes que lo que estás haciendo es por algo. Y yo sentía que mis compañeros veían algo en mí, porque estaban conmigo. Esa misma fuerza te va haciendo sentir en confianza de hablar, la honestidad de nuestra convivencia nos generó credibilidad y confianza. Yo creo en Dios, y como se los compartí a los compañeros, lo que falta es que Dios crea en ti.

¿Cómo te sentiste durante todos esos años, al respecto del proceso legal en tu contra y del activismo que desencadenó en tu libertad?

Me sentí en todo momento tranquilo. En la cárcel varios de los compañeros presos me decían –Qué bueno que estás aquí con nosotros Patishtán– o –Lo bueno es que te encontramos aquí, porque si no, no seríamos libres– para mí, que creo en lo espiritual pienso que fue un no hay cosa que venga sin una razón, entonces yo les compartía –Déjate guiar y ya verás lo que viene–.

Cuando me dijeron –Patishtán, hay este proceso para tu libertad– pensaba que la parte más importante ya la tenia, que sí estaba pasando eso era por una razón. Mucha gente me preguntaba cómo me sentía, pero yo seguía trabajando en La Voz del Amate, donde siguen muchos presos. Siento que mi libertad no fue el final, fue otra vez comenzar.

¿Cómo sientes saber que hay tantas personas injustamente presas?

Me siento triste por la autoridad que ha dejado de ser un sistema de justicia y también por el preso, porque tiene un nombre, un lugar de origen, una cultura; el preso no es un objeto de la cárcel por más que ahí permanezca, es un sujeto. Y él tiene que decir aquí estoy, y más allá de las paredes que impiden que nos conozcan hay otros medios de hacerse saber.

Yo sigo yendo a las cárceles, acompañándolos. Sé que los presos no alzan la voz por el miedo a los traslados, pues muchos están cerca de sus pueblos. Cuando se habla en la cárcel a la autoridad le estorba y los cambian de estado, como Juan hay presos que dicen -A mí no me importa que me trasladen, lo que quiero yo es mi libertad- y se la juegan, pero hay otros que no quieren dejar a sus esposas.

Antes de la entrevista te compartí el concepto de resiliencia, pienso que lo has integrado de una manera muy especial en tu vida, de la cual podemos aprender mucho ¿Te gustaría compartir algo más?

Yo les diría a todas esas personas que viven esas situaciones tan difíciles como sobrevivir a una injusticia, lo primero es desprendernos de lo que no nos permite caminar y permitirnos ver otras cosas, si estás enojado no vas a poder caminar mucho, no vas a hacer las cosas tal como son. Si vas a hacer algo, así sea pequeño, hazlo bien.

En el Amate compartías la palabra de Dios. Don Raul Vera te visitó en alguna ocasión. ¿Cuales fueron las fortalezas tuyas y de los compañeros del Amate que has reflexionado y que te mantienen fuerte, sobre todo siendo solidario, así como vienes aquí? Ahora tu tienes mucha fuerza que dar.

Mi fuerza es Dios, porque Dios es amor. Y si nos contagiamos de amor lo que te va a entonces dar es amor. En función de las claves, yo diría que no son claves lo que yo he visto: si tú amas vas a ser amado, si amas el miedo se va afuera, era eso lo que les compartía en el Amate.

Una ocasión me pasé toda la noche sin dormir por una mala noticia, y salí a caminar solo. En la cárcel decían que los presos que andaban en el vicio te asaltaban, y que por eso no había que salir después de la medianoche. Pues esa noche se me fue, yo quería salir a caminar para pensar. Eran como las 3 de la mañana y realmente lo que me habían dicho los compañeros era verdad, venía hacia mí una bolita de los compañeros que andaban en el vicio y lo primero que pensé fue –Me van a asaltar–, pero la sorpresa fue que me dijeron –¿A dónde vas hermano Patishtán a esta hora?– y me invitaron a comer lo muchachos de la droga, a un comedor ahí en la cárcel. Los compañeros me dieron a comer a las 3 de la mañana y me acompañaron a mi cuarto porque –No debes andar a esta horas Patishtán– yo pensaba –¿Que es esto?– y hacía memoria cuando me pedían un peso, o me decían si les compartía un vaso de café, pensaba que lo mismo que sembraba estaba yo cosechando.

Me imagino que Alberto se ríe de la misma manera cada vez que relata esa historia, supo encontrar en las situaciones más adversas una experiencia de la cual aprender.

Ahora que lo dices, en estas semillas de acciones ¿Piensas que era una forma de compartirte? Justo como cuando cuando algo pasaba afuera, con sus familias, y se compartían lo que sucedía para sanarse.

También eso, yo siempre les decía a los compañeros –Saluden a todos, desde el grande hasta el pequeño–. Fue lo que hicimos y lo sigo haciendo, hasta con la persona que me ha acusado. Hoy día lo paso a saludar a pesar de que me metió al bote, y él no resiste mi saludo, mejor ni sale de su casa.

Después de recordar todo lo que pasó ¿Hay algo que borrarías o harías diferente? ¿Te gustaría dejar un mensaje a quienes nos lean?

Lo pasado ya es pasado, claro que hay cosas que podemos retomar pero ya no para quedarnos atascados. Quedan muchas cosas por hacer, en lo que nos corresponde, lo hacemos de todo corazón. Es difícil pero no imposible. No se queden viendo lo que está pasando, lo que hay que hacer es pensar diferente, sacar lo positivo incluso de las experiencias más difíciles y recordar, siempre, que no estamos solos.

Muchas gracias Alberto.