Por Edna Carolina Nava Plasencia

Si bien es cierto que la situación de violencia que se vive en el país ha alcanzado niveles alarmantes; es importante, de igual manera, recordar que tanto los conflictos como la violencia son hechos de constante histórica que han transformado y trastocado, tanto a las civilizaciones pasadas como a las sociedades actuales, “el conflicto posee tanto la vertiente de crisis como la de oportunidad de cambio, tanto la idea de enfrentamiento como la de mejorar situaciones” (Esquivel Guerrero, Jimenez Bautista, & Esquivel-Sanchez, 2009). Sin embargo pareciera que las metodologías utilizadas actualmente, para la gestión y transformación de los conflictos no han sido las adecuadas; si bien parece que la violencia comienza a ser tomada en cuenta por diversos actores de la población también es claro que, a la par van surgiendo estrategias con el fin de invisibilizarla.

En el presente artículo pretendo discutir sobre el papel que desempeñamos los jóvenes dentro de las manifestaciones violentas del país, hablando particularmente, sobre tres formas de violencia a las que nos enfrentamos en la actualidad y que terminan por convertirnos en algo que parece representar el desecho de la sociedad.

Para hablar de la relación de los jóvenes con la violencia lo primero que hay que hacer es definirla, para esto me gustaría traer al texto la definición de Fisher, en la que explica a la violencia como las acciones, palabras, actitudes, estructuras o sistemas que provocan daño físico, psicológico, social o ambiental y/o que limitan que las personas alcancen todo su potencial humano (Fisher, 2000). Partiendo de esta definición entendemos, que la violencia no puede reconocerse únicamente como los actos de agresión física, sino también como violencia vinculada a las formas sociales y a las estructuras; Johan Galtung hace una división de la violencia que ayuda a entender de manera perfecta dichos sucesos, en primer lugar tenemos la violencia directa como punta del iceberg; misma que representa la violencia visible, la violencia física, entendida como: asesinatos, golpizas, torturas, etc., en la parte de abajo del iceberg encontraremos entonces otros dos tipos de violencias, mismas que muchas veces pasamos por alto, la primera de ellas se denomina violencia estructural, esta deviene de los sistemas estructurales, un ejemplo de ella es la negación de libertades y derechos; por otro lado se encuentra la violencia cultural, referente a las actitudes, sentimientos y valores como pueden ser, el temor, desconfianza, odio, intolerancia, etc.

Una vez definido lo que es la violencia, la pregunta a continuación es, ¿a que formas de violencia nos vemos expuestos los jóvenes hoy en día?, debido a que las formas de violencia que vivimos son muchas, para fines prácticos de este artículo me gustaría mencionar únicamente tres. La primera de ellas será la de las limitantes sociales que tenemos para desenvolvernos y alcanzar todo nuestro potencial, la segunda la violencia mediática en nuestra contra y por último la violencia directa vislumbrada en la exhumación de cuerpos de las fosas de Tetelcingo, Morelos.

Cadena de producción

Para el ser humano, nacer dentro del sistema capitalista puede compararse con ser la materia prima que será moldeada y llevada a través de las bandas de ensamblaje de una fábrica de producción en serie, pues, una vez nacidos e insertos en el sistema lo único que queda es alinearnos al mismo, ser adoctrinados – educados – y ensamblados a algún aparato mayor como alguna de las tantas piezas sustituibles, desechables, que le ayudan a trabajar. Pero como en toda línea de producción en dónde cada período establecido de tiempo se realizan controles de calidad para desechar la mayor cantidad de artículos imperfectos, así en la vida, el ser humano se enfrentará con distintas limitantes que le impidan desempeñarse como la sociedad establece; como ejemplo de ello podría mencionar la deficiencia en las políticas públicas del país, que en vez de asegurar el desarrollo pleno de la población se limitan a enmascarar números con el fin de argumentar su buena implementación.

A raíz de estas deficiencias encontramos en México, a varios adolescentes y jóvenes que no cuentan con la posibilidad de continuar sus estudios, y que a la par se ven imposibilitados de encontrar algún tipo de oferta laboral; en consecuencia muchos de ellos bautizados como “ninis” apuntan a convertirse en seres humanos con las características específicas de no producir y no consumir, es decir que son inservibles para la sociedad pues “todos aquellos individuos que no son potencialmente capturables, reclutables o reservables por este modelo de producción son entonces prescindibles; esto es, desechables”.(Mier, 2014)

Habrá otros jóvenes que lograrán pasar el primer filtro de las limitantes sociales, como lo son el acceso a la educación, a la salud, a un trabajo digno, etc., pero que, a pesar de trabajar o estudiar –es decir de producir y consumir– seguirán en la mira de convertirse en un futuro desecho si llegasen a dar la más mínima muestra de desobediencia en contra del sistema, negándose a ser partícipes de la normalización; es decir, si llegasen a levantar la voz ente las injusticias sociales, o a querer hacer valer sus derechos; pues todo aquel que va en contra del sistema se vuelve innecesario y por ende, desechable. 

Segundo filtro de calidad

En un principio hablaba de tres formas de violencia a las que los jóvenes nos vemos expuestos día a día; la primera mencionada en el segmento anterior referente a las limitantes sociales que nos impiden lograr un crecimiento potencial como el que la sociedad espera en la actualidad, es decir, no sólo terminar la educación básica y conseguir un trabajo en el que el salario sea al menos suficiente, sino concluir los estudios, si es posible más allá de la carrera universitaria, para aspirar a un trabajo que no pague únicamente lo suficiente, sino que pueda brindarnos un seguro médico y los servicios básicos para poder tener una vida relativamente digna. O en palabras de Elena Azaola

“La violencia que padecemos tiene que ver con la insuficiencia de políticas sociales y económicas para reducir las desigualdades y las injustificables distancias y para promover la inclusión de amplios sectores, que cada día ven reducidas sus expectativas de desarrollo”(Azaola, 2012).

El segundo tipo de violencia y al cual me referiré en esté artículo como el segundo filtro de calidad es, como había dicho antes, la violencia mediática en contra de los jóvenes. Si bien no todos los jóvenes somos socialmente “buenos”, ni socialmente “malos”, los medios de comunicación se han encargado de darnos a todos la misma cara; la criminalización mediática en contra de los jóvenes implanta la imagen de un joven bueno para nada; se nos acusa de ir en contra de toda autoridad –sea esta injusta o no–, de ser narcotraficantes o de estar asociados con el crimen organizado, o en el mejor de los casos, de ser no más que un grupo de jóvenes, alcohólicos, drogadictos y carentes de sentido racional.

Estos mensajes representan un paso importante para la deshumanización del otro, el joven, una vez que deja de ser humano se convierte inmediatamente en basura, lo que justifica que se lleven a cabo las medidas necesarias para desecharlo, “la basura se percibe como una amenaza, y la incomodidad y el miedo que ocasiona se combate con nuevos procesos […] hay que trabajar para eliminar la basura” (Vicuña-Gortazar, 2015) un ejemplo claro de ello es el uso de la fuerza policiaca dentro de las manifestaciones sociales, o las detenciones arbitrarias que se cometen dentro de las mismas; estas dos formas de “instauración de la paz” se ven justificadas mediante la idea de que las manifestaciones sociales pueden causar revueltas que pueden afectar el orden social. Por lo tanto, todos aquellos dañados, ofendidos o detenidos durante el proceso no son más que daños colaterales, un cero a la izquierda o bien, un engranaje sustituible que puede ser utilizado al antojo del usuario y de ser necesario, desechado sin que esto altere el funcionamiento del sistema.

De desecho a reciclado

“La normalización de la violencia requiere de un proceso comunicativo que permita establecer el objeto de referencia al que se le declara como amenaza o perturbación del estado de las cosas. Este proceso discursivo implica, que el sistema político se atribuya el derecho para emplear medidas extraordinarias para combatir al objeto de referencia.” (Armenta, 2014)

En los dos segmentos anteriores he intentado explicar cómo es que los jóvenes podemos convertirnos en desechos para la sociedad; al punto de ser ignorados, despreciados e incluso convertirnos en una representación del terror y desagrado para los otros. Lo cierto es que, los jóvenes nos encontramos dentro de un sector criminalizado y estereotipado, y que la violencia que vivimos no comienza a hacerse notoria hasta que surge algún enfrentamiento físico, o hasta que alguno de nosotros es hallado sin vida– y para ser alarmante, de preferencia tendremos que ser hijos de alguna persona reconocida, y jugar el papel de “niños bien”– pues de lo contrario, si bien el hecho violento es reconocido; al mismo tiempo es justificado como dije con anterioridad, como un medio más para la “instauración de la paz”.

Ahora bien, no hay mayor representación de la deshumanización del joven y de su uso como desecho que el que puede observarse durante la exhumación de cuerpos en las fosas de Tetelcingo, Mor. El joven pasa a convertirse en un objeto inservible que en carácter de desconocido pretende ser olvidado fácilmente y puede ser desechado sin mayor problema.

Sin embargo aunque este desecho pareciera no tener otro fin más que el de la degradación, como cualquier otro tipo de basura, es reciclado. Esto sucede en el momento en el que deja su carácter de desconocido y vuelve a ser nombrado por la sociedad; en este caso no importa si el desecho recupera su nombre o la identidad que tenía al ser joven –productivo– sino el momento en el que se reconoce como un nuevo producto, llamémosle, cuerpo 5 en ser exhumado, cuerpo 6, etc.; en ese momento el desecho se parece a la tuerca perdida que al ser hallada se coloca en el pequeño cajón de los repuestos, esperando a ser utilizada. Si bien el desecho no recupera su carácter de humano, si se convierte en un producto que es fácilmente consumido por el sistema.

Al final pareciera que la creación de los jóvenes desecho es una producción sin principio ni fin, pues incluso después de muerto, el joven sigue siendo deshumanizado y sirve al sistema, para justificar la intervención permanente de la fuerza por parte del Estado. Podría decirse incluso, que el joven tiene mayor valor como desecho que como humano, pues como mencionaba, un joven que se vuelve en contra del sistema es innecesario para el mismo, en cambio un joven desecho que ha sido asesinado, enterrado y olvidado parece alimentar los discursos de gobierno en pro del uso desmedido de la fuerza para la reinstauración de la paz.

Trabajos citados
Azaola, Elena; (2012). La violencia de hoy, las violencias de siempre. Desacatos, Septiembre-Diciembre, 13-32.
Armenta, T. G. (2014). La complejidad en la violencia en Morelos. En R. Peña Gonzalez, & J. A. Ramirez Perez, Atlas de la seguridad y violencia en Morelos (págs. 287-297). Cuernavaca.
Esquivel Guerrero, J. A., Jimenez Bautista, F., & Esquivel-Sanchez, J. A. (2009). La relación entre conflictos y poder. Revista paz y conflictos(2), 6-22.
Fisher, S. e. (2000). Trabajando con el conflicto. Habilidades y Estrategias para la acción. Guatemala: Centro de Estudios para el Desarrollo y la Democracia.
García de Vicuña-Gortazar,H. “El coleccionista de basura”, en Espinosa J. y Yuren, T.[Coord.] Ciudadanía, agencia y emancipación, Diálogo entre disciplinas. Juan Pablos Editor: México, 2015. pp. 225-244
Mier González Cadaval, R. (2014). “Los desechables de la tierra”. En Aristides Obando Cabezas (coord.), Diversidad, desigualdades sociales: el decir de la filosofía (pp. 119-137), Colombia: Asociación Iberoamericana de Filosofía Política.